El córner de nuestra historia

Chencho Rubio

Por los designios de la vida, puede que casualidades; o simplemente porque realmente estamos predestinados al verdiblanco, llevo unos años pasando las temporadas estivales por tierras cántabras, a pocos minutos de Santander, donde el Real Betis conquistó su única liga.

Estamos lejos de casa, a casi 900 kilómetros de la Avenida de la Palmera. Se ve mucho verde. Todo el paisaje. Y en nuestros paseos por la capital santanderina también se ve mucho verde. Veo béticos, por todas partes, con camisetas verdiblancas como si estuviera andando por Triana una mañana cualquiera… pero con tiempo londinense. Y es que los santanderinos tienen un equipo verdiblanco como el nuestro, y también verdean. Para mí, y por supuesto para mis hijos, son béticos, y con esta pequeña mentira nos sentimos todos como en casa.

Santander y Sevilla están unidas curiosamente por muchos hilos de la historia y Santander y el Betis más todavía.
Sólo hay que mirar el escudo de la ciudad, y de algunos otros pueblos de Cantabria. La Torre del Oro, junto al Guadalquivir, el Río Betis, es el centro de la insignia, en recuerdo de la reconquista de Sevilla por Fernando III el Santo, cuando los marineros cántabros y el Almirante Ramón Bonifaz y Camargo, cortaron las cadenas que el Imperio musulmán había colocado en el Guadalquivir.

De Santander es nuestro entrenador, Quique Setién, y de Santander era Juan Manuel Cobo, de Cabezón de la Sal, el capitán del Betis que levantó la Copa del 77.

Y también cántabro Luis Fernández, el pequeño lateral que conquistó una Copa para el Betis, y que sus lágrimas de emoción aún resuenan en nuestros corazones. Es bético y su hijo también. Y en las fiestas del pueblo de Pámanes, donde cada año me lo suelo encontrar, me lo demostró comentando el partido contra el Milán, que recién había terminado con victoria verdiblanca y del que no se había perdido ni un minuto.

También tuve otro encuentro muy bético, esta vez con una fotografía. En un restaurante de Hermosa, Casa Malanda, donde degustamos todos los años unas rabas (aquí vamos de tradición en tradición) justo en el centro del mismo, a la izquierda de la barra, una foto grande, firmada y dedicada de un jugador del Betis con su camiseta verdiblanca y nuestro escudo bien puesto. César de la Hoz, renovado por el Betis hasta 2019, quien ahora está luchando por abrirse un hueco en nuestro equipo y demostrando que merece estar ahí, también es vecino de un pueblo de Santander que se llama Orejo, cercano a Hermosa, Liérganes y Pámanes.

Un pueblo, este de Pámanes donde estamos, que por si fuera poco lo que relato, tiene como patrón a San Lorenzo. Parece una broma del destino. Un Lorenzo, que hoy es la luz de este Betis 17/18 y que lo fue durante los mejores años de su historia reciente. Porque la historia antigua, esa historia que narra cómo el Real Betis conquistó la liga en el 35, y alcanzó la gloria, sigue siendo inalcanzable.

Y he aquí el otro nexo del Betis con Santander. Un córner. Una esquina del antiguo estadio de El Sardinero, situado en una pequeña esplanada entre la playa y el nuevo estadio. Rodeada de unos arbustos para que nadie se olvide de ella. Para ellos también es importante la memoria. Es un recuerdo de su antigua casa. Pero para nosotros los béticos es la vida. Es nuestra historia y nuestra memoria. Es un homenaje a lo que fue el Betis y es un referente de lo que debe ser. Es peregrinación obligada de cada bético que pise estas tierras. Es sólo una escuadra casi esculpida en el suelo, pero significa tanto… Desde ese corner saldrían algunos balones que acabarían en uno de los 5 goles del Betis en aquella final, porque no nos valía el empate.

Ya es una tradición en mi familia visitarlo cada año, hacernos la foto con él, seguir la pretemporada desde lejos, y lo que creo que es más importante, vivir el comienzo de la temporada. Este año otra vez contra el Barça.
Y en este pequeño Pámanes; hay un bar-restaurante con televisión, Casa Navarro, a donde me escapo el día del partido, con mi camiseta del Betis, y con mis pequeños béticos, si es que están despiertos, para disfrutar, pase, siempre, lo que pase, con lo que haga nuestro Betis.

El año pasado, nos cayeron algunos goles en contra, pero hicimos dos. El primero lo celebramos, rompiendo el silencio del bar, nosotros tres solamente (mis hijos y yo); luego fueron cayendo los del Barça, hasta seis, y nosotros seguíamos allí. Esperando hasta el pitido final. Aguantando miradas de los que sólo están pasando el tiempo y en el partido no les va la vida, ni mucho menos (allí son colchoneros), totalmente ajenos a la “paliza” que nos estaban dando. Pero en el fondo, deseosos de que los ocasionales huéspedes béticos que se pegaban a la tele, se llevaran una alegría.

De allí no se movió nadie. Y con el gesto siempre alegre. Y entonces llegó el segundo del Betis, también de Rubén Castro; (Cuánto te estamos echando de menos, y te vamos a echar estos meses hasta que vuelvas), tarde e inservible en el minuto 84, pero a fin de cuentas: gol. Y como tal fue celebrado, esta vez, por todos los que habían visto cómo los béticos, estamos siempre ahí. “Esto es el “manquepierda“; comentaba un camarero con los que seguían de reojo el partido y nuestras caras.

Este año, ya nos esperan allí para ver el partido. Otra vez contra el Barça la primera jornada de una liga que será larga o corta, según prefiera la pelotita, y que, pase lo que pase, ahí estaremos. En Santander o en Sevilla, o en la conchinchina, donde seguro que, como he comprobado en Cantabria, también hay muchos béticos.