Ya es Cuaresma, y como tal, ya hemos iniciado nuestra particular estación de penitencia que dura ya más tiempo de lo habitual y que no tiene perspectivas de cambio, ya que no se escucha la voz del capataz decir “ahí queó” cuando asome la primera división. El paso no se arriará de momento, seguiremos racheando los pies a los sones de la marcha que toca el único músico que tiene la banda, y con una cuadrilla de costaleros que no pueden con el crucificado que cargan sobre sus hombros, llámense Sergio, Achille o Arturo, rey de las auto expulsiones. Soy muy de cofradías, y ya estoy deseando de que la Paz arribe el parque con la Cruz de Guía que abre la Semana Santa, aunque antes quisiera ver a la Virgen de la Victoria con la sensación de su mismo nombre, Victoria, por la cercanía de los tres primeros puestos y la Paz de la división de honor. Ahora es difícil, el bético lo deseará para que así sea. Estamos en Cuaresma y en breve, el azahar teñirá de blanco el verde de los árboles y todo será verde y blanco. Más Betis.
Mientras me dirigía a mi localidad, con la mitad de los habituales que solíamos encontrarnos en el Cástulo, me encontré con el mejor ejemplo de este azahar, un ilustre habitual de las trabajaderas sevillanas, alguien a quien aprecio y a quien me encanta de vez en cuando volver a ver. Él sabe de costal y de martillo como nadie, de barcos, de Santa María Magdalena del Arahal detrás de su tocaya de San Julián, de Salud de San Román y de mitos del beticismo compartiendo trabajadera y amistad, ¡Qué honor!. Él sabe de Villamarín y de sufrimiento con trece barras, creo que de ahí le conozco, mucho antes de que le viese merodear por un ensayo del paso que más pesa en Sevilla (ahí metía yo a algunos de los que se pasean por el césped) y que nos unió hace ya tantos años que hasta me parece increíble. Y también de eso le conozco, aún guardo el clavel con el alambre que me sacó reliado en su costal. Luego llegó el Martes Santo y la vuelta de Jesús del Gran Poder con “Siete Palabras”, leña sobre el costal, o la Trinidad, o la Carretería, pero antes de eso estuvo el Gol Sur y el Polígono de San Pablo. Él sabe lo que pesa un misterio en Sevilla, y también sabe lo que pesa un misterio “de” Sevilla, el del amor incondicional por dos colores, tanto el verde con el blanco, como si lo combina con el morado de la túnica del Cristo de los Gitanos o de los capirotes de mi cofradía.
Para Jacinto, el vasco, con cariño. Gran bético y mejor cofrade. Mi más fiel seguidor.