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Del Betis…¿Se nace o se hace?

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Anselmo Ruiz de Alarcón J.

Tampoco séRelatos desde la Ciudad del Betis distinguir bien si la tendencia que tenemos los seres humanos a lo maniqueo, al blanco o negro (pongan aquí todas las oposiciones que se les ocurra) es aprendida o heredada. En concreto, la discusión de este dilema, a la que he asistido más de una vez con alevosía tabernaria, la quiero centrar en la adhesión a determinados colores, a un club como el Real Betis Balompié.

     ¿Se nace o se hace uno bético? Verán ustedes:

Aquella tarde de domingo, andaría yo tropezándome ya por la vida con mis seis o siete años, me dijo mi padre: “hoy, te voy a llevar al fútbol conmigo”. Y yo muy peinadito, de la mano de mi padre, antes de torcer la esquina saludando a mi madre que: “cuidado con el niño, cuidado con el arroyo”. (Se había llevado días lloviendo. Mientras, el campo olía a campo.) Tras cruzar aquel obstáculo a saltos, el arroyo que venía casi enfadado (cuando lo hacía de verdad, inundaba las calles aledañas) seguí el camino, siempre de la mano amiga, cómplice de mi padre, para contemplar por primera vez un campo de fútbol. Era para mí, inmenso. Con un desnivel considerable.

El equipo que atacaba hacia el sur subía y bajaba por banda izquierda como los ciclistas en un velódromo. Pero antes de llegar al campo, tuvimos que subir la empinada veredita del Puente de los Pobres hasta alcanzar la carretera por cuyo no-arcén caminábamos unos 500 metros en fila india hasta culminar nuestra excursión en el no-estadio sin puertas, sin gradas…preferencia era la carretera, dos viñas eran los goles norte y sur, y el inevitable arroyo corría paralelo a la raya de fondo, pero con un desnivel de unos 4 metros. Por aquel desnivel solían caer rodando los árbitros al final de casi todos los partidos, acosados y empujados por una disconforme afición local. Los árbitros veteranos acostumbraban a salir corriendo, sin pensárselo, nada más daban el pitido final y se inmolaban tirándose al arroyo para evitar daños mayores. Yo, en el camino de regreso, solía pararme en la orilla, por ver si venía arroyo abajo algún árbitro flotante. Pero no tuve ocasión de encontrarme ninguno, sino una vez, una calceta negra enganchada en las cañas que bien podía haber pertenecido a algún referee.

Y así, tras abrirme cada domingo un hueco entre los alineados espectadores, pisadores de la cal del terreno de juego, fui creciendo en la incontestable afición al fútbol. Me gustaba el colorido de las indumentarias, la insobornable abnegación del balón de cuero que apenas sobrevivía al maltrato durante noventa minutos, si no fallecía herniado las más de las veces. Me subyugaba, sobre todo, la casi imposible, si no mágica, confluencia del balón y el portero por altas esquinas imposibles. Me aterraba cuando el portero caía en tierra después de aquellos vuelos. Pero casi nunca le dolía el porrazo. Por eso llegué a jugar de portero, porque no sentían dolor.

 

  Pero una tarde todo se nubló…

Cuando ya había prendido en mi corta conciencia la irrefrenable pasión por el fútbol. Aquel domingo esperaba que, como siempre, mi padre me llevara al partido. Pero “ya desde hoy no hay fútbol” me dijo. Lo habían suspendido. Estaríamos varios años sancionados (mucho más tarde llegaría a conocer con detalle la desgraciada causa de tamaña sanción).

Mi padre se percató de mi frustración y trató de encontrar una alternativa. Así, vivimos durante años disparar la imaginación por culpa del fútbol radiado. Nunca vi mejor el fútbol que oyéndolo por la radio. Uno llega hasta intuir que fulanito chutará y marcará gol. Aquella tarde, mi padre me habló del Betis, de cómo se hizo bético al llegar a Sevilla con 7 u 8 años, de cómo él jugaba en el arenal de la Plaza del Museo, de aquellos jugadores que yo imaginaba verdeolivo y blancoestrella. Pero debía ser asunto importante porque mi padre entraba en trance al enumerar con respetuosa y épica veneración aquella alineación famosa: Urquiaga, Espinosa, Areso, Aedo, Peral, Gómez, Larrinoa, Timimi, Rancel, Unamuno, Caballero, Saro, Lecue, Adolfo, Valera, Cornejo y Paquirri…y como técnico: O’connell. Esos apellidos, tan desacostumbrados por estos pagos, subieron en mi corazón a las más altas cimas del Olimpo futbolero. A mi edad, la alineación por excelencia terminaba con Di Estéfano, Puskas y Gento. Pero no era lo mismo. A los béticos de la temporada 34-35 ni los vi ni podría verlos jugar. Eran famosos fuera del tiempo…y de mi equipo. De ellos solo tenía su existencia en la voz emocionada de mi padre: Urquiaga, Espinosa…

Todo esto iba yo rumiando la tarde noche del 25 de agosto, viernes de 2017, cuando me encaminaba al renovado Benito Villamarín. Esta vez iba conducido, casi protegido, por uno de mis hijos. Ahí sentí que la afición a los colores también actúa por contagio. Que se es bético, sobre todo, por el sentimiento.

Y es que el Betis…

Desde el principio, me dio seguridad y confianza, mediante ese “manque pierda” que es toda una señal, una síntesis genial de entender el mundo y la vida, un pasaporte de universalidad. Me sentí entre la multitud, como dijo Aleixandre “impelido, llevado, mezclado, rumorosamente arrastrado”, arrastrado, añado,  por el júbilo anhelante y festivo de la afición bética que acudía al campo alegre.

Desde el bar Huracán el caminar se hacía casi imposible. Cánticos, bufandas al viento, himno apoteósico y la alineación reverenciada por una nueva y potente megafonía:  los nombres reverberaban en mi corazón: Urquiaga, Espinosa… era yo saltando el rebelde cauce del arroyo: “manque pierda”. Comprenderán ahora por qué se es bético.

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